Pertenecer a determinado escalafón profesional conlleva un estado de alerta constante al que uno acaba acostumbrándose y asumiendo como “lo normal”, “lo necesario”. Ritmo que por otro lado acaba enganchándote y confundiendo tu percepción entre lo natural y lo contraproducente. Asumir percepciones tales como “si no funcionas al 110% es que estás fallando y ya solo puedes caer” son comunes en estos entornos. 

El aislamiento social por el exceso de horas de trabajo y tal vez los viajes, la difícil conciliación familiar, las exigencias interculturales o la disonancia moral también forman parte de este ámbito.

Aceptar este modelo de crecimiento profesional es una decisión que se toma libremente e incluso puede reportar grandes satisfacciones para muchas personas o en determinados momentos pero a largo plazo llega a condicionar las necesidades, las expectativas e incluso las creencias de quienes se sumergen en este ecosistema.

¿Sabrías contestarte por cuánto tiempo y a qué precio podrías/querrías continuar con esta estrategia? No hay una respuesta mejor que otra y tampoco es fácil dar una replica coherente. 

Como en toda apuesta hay una serie de perdidas asumibles aunque el criterio que rige esa toma de decisiones, no solo profesionales sino también personales, se ve sesgado por factores como el aumento paulatino de las exigencias profesionales, el estrés o el simple paso del tiempo. Resoluciones que sientes que siguen tus intereses y que cumplirán con las necesidades y deseos que crees tener resultan estar influenciados por ese cúmulo de factores. Y sí, se llega al punto de perder la capacidad de discernir entre qué se quiere y qué se necesita.

Trabajar sobre estas y otras cuestiones con un asesor personal que aporta objetividad, confidencialidad, que acompaña en el tiempo y que invita a la reflexión marca una diferencia significativa entre hacia dónde te estás dejando arrastrar y hacia dónde quieres ir y cómo.